¿Cuáles son las formas en las que se puede aportar a este proceso?
Por supuesto una primera forma está en la formulación de programas que propicien la participación de los jóvenes en concordancia con sus intereses.
El espacio de lo local es el ámbito ideal para poder identificar, apoyar y promover a grupos de jóvenes que se asocian en torno a la realización de actividades que por desarrollarse en un radio de acción más reducido no tienen visibilidad pública, pero son nuevas expresiones que contribuyen a renovar el llamado tejido asociativo, y posibilitan un mayor abanico de opciones a los jóvenes que buscan canalizar sus intereses a través de apuestas colectivas.
Son éstos —espacios donde se debate, elabora y actúa en torno a un proyecto común, y desde donde se puede apoyar el reconocimiento de los derechos y responsabilidades— donde se puede también reforzar una actitud de conciencia comunitaria y ciudadana.
Pero decíamos líneas arriba que la contribución a la construcción de ciudadanía, de una cultura de la democracia, no supone exclusivamente la confección de programas que atiendan a estos objetivos, sino que involucra además una actitud política de parte de los organismos de juventud.
Examinemos de cerca, por ejemplo, la relación de los organismos de juventud con las organizaciones juveniles tradicionales.
Existe hoy un consenso en que las Políticas de Juventud deben ser concebidas de tal modo que los beneficiarios sean además agentes que participen en las etapas de construcción de las políticas.
No obstante, han existido problemas y sobre todo están planteados algunos desafíos en la relación entre el mundo gubernamental y el asociativo, ya que este consenso acerca de los actores que deben estar involucrados en la realización de las políticas, a veces no ha pasado de ser discursivo.
Quizás las razones haya que buscarlas en que en algunos casos es necesario aún continuar un proceso de superar desconfianzas.
En aquellos casos en que el consenso no es sólo discursivo sino también operativo, se plantean otro tipo de problemas. Entre ellos, la debilidad de las organizaciones juveniles por falta de recursos, que conspira contra su organización; o la inexistencia de un marco legal que reconozca su aporte y les permita ganar la estabilidad necesaria para desarrollar los mismos.
Pero hay una cuestión en la que me quiero detener. Puede resultar una tentación para los organismos de juventud, adjudicar a las organizaciones juveniles como papel central el de la intermediación entre ellos y sus representados o los jóvenes en general, y por lo tanto de legitimadores de su acción.
Desde mi punto de vista, esto no le haría bien a la construcción de políticas de juventud participativas en el mediano plazo.
La riqueza de la conjunción de esfuerzos entre organismos de juventud estatales y organizaciones juveniles en la implementación de políticas, radica justamente en que ambas partes construyan consensos a partir del reconocimiento de la diferencia, de la afirmación de identidades distintas, de la representación de intereses también distintos. De no ser así, el riesgo para los organismos de juventud está en perder masa crítica. De que en ese intento integrador se ahoguen las disonancias que posibilitan el diálogo y el arribo a acuerdos, y que los mismos se transformen de acuerdo técnicos, o acuerdos para la ejecución.

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